En nombre de una “cultura del esfuerzo” y una “revalorización del trabajo“, ¿se deberían prohibir los programas que premian “el no hacer nada”? ¿Deberíamos borrar del mapa televisivo a Gran Hermano para beneficiar a los trabajadores españoles?
La respuesta es un rotundo “sí “, por lo menos para el Ministro de Trabajo e Inmigración español, Celetino Corbacho, quien en una entrevista en e-tv sobre la necesidad de mantener el empleo (en un momento en que el paro ya rebasa los 3 millones de personas), encontró la raíz de los males que sufren miles de hogares españoles: la desvalorización del esfuerzo, el sacrificio y el trabajo que hacen programas que premian el no hacer nada y nos hacen olvidar que las mejores cosas de la vida “no pueden ser gratis”. Programas como Gran Hermano.
Una respuesta, por lo menos sorpresiva, si se toma en cuenta que la pregunta realizada al funcionario versaba sobre la necesidad de refundar la relación entre trabajadores y empresas. Alguien más suspicaz que quien esto escribe pensaría que cada vez que los ministros no tienen una respuesta (o programas o políticas) para un problema bien determinado (en este, la destrucción del empleo debido a una crisis económica de la que ningún trabajar tiene la culpa), le echan la culpa a la televisión.
En donde (a mi humilde juicio) el señor Corbacho se equivoca es en la relación entre Gran Hermano y la crisis laboral. La última edición de Gran Hermano tenía entre sus concursantes a una auxiliar administrativa que lleva 10 años trabajando como cajera (Almudena), a una bióloga reconvertida en esteticista(Loli), a una logopeda que terminó como azafata (Raquel), a un parado de larga duración (Julio)… y a un ex Locomia. Todo ellos en busca de una vida mejor, independientemente desu mayor o menor patetismo, que no les ofrece el mercado laboral. Los concursantes de Gran Hermano, lejos de ser un virus, son un síntoma.
Bajo un gobierno que valorara realmente el trabajo y el esfuerzo personal, un programa como Gran Hermano no tendría razón de ser.













